Por Guillermo Ricca. Dr. en Filosofía. 

Hay una palabra que usa Spinoza, en el Tratado político y que se suele traducir por obediencia. Por lo menos puede decirse que esa traducción no expresa la enorme riqueza de esa palabrita latina de la cual proviene obsequio—don—y también obsecuencia. Claro que, como toda palabra latina, reconoce usos más viejos, más antiguos. Por ejemplo, en Ovidio: rama doblada con precaución—que se doble pero no se rompa, podríamos decir—en Terencio es un tipo de complacencia que se opone a la franqueza, a la parrhesía, podría decirse. En Horacio: obsequium ventris: la falsedad del que dice una cosa pero piensa y siente otra; en Tácito: obsequium erga aliquem exuere: sacudirse el yugo de la obediencia…En Ovidio, otra vez: Deferri obsequio aquario: dejarse llevar por la corriente…

Spinoza es también quien dice en la Ética que los hombres se creen libres porque saben que desean, pero ignoran las causas por las que que desean. Y, esto, tiene un alcance universal que incluye al propio Spinoza, no es que Spinoza cree que habría algún privilegio para filósofos: todos ignoramos las causas de nuestros deseos. Habría que decir: no hay nada más impropio que nuestros deseos, esos incluso que consideramos más nuestros y más íntimos. Ni el yo es sólo “yo”, ni somos tan individuos como creemos. Somos seres causados y entre las causas que mueven nuestros deseos están las pasiones y los afectos que se expanden entre los seres humanos por imitación. Pero esto también es válido para las pasiones y los afectos más oscuros; si alguien que respeto odia a alguien es probable que ese afecto se me pegue. Las consecuencias que esto tiene en la esfera pública son incalculables. La eficacia del odio debe medirse en términos de imitación de los afectos que es una recurrencia espontánea, humana, constitutiva.

Ahora bien, teniendo todo esto en cuenta ¿qué libertad pregona el neoliberalismo? Una libertad que a todas luces es una fantasía: que cada une elije soberanamente lo que desea y que el Estado, con sus regulaciones, es una máquina de frustrar esa soberanía individual. En realidad, lo frustrante es que el deseo no funciona así. Los facismos de todas las épocas lo han sabido y pasan a recoger esa frustración que dejó el viejo liberalismo a comienzos del siglo XX y que hoy está dejando el neoliberalismo, en vastos sectores.

Volvamos al obsequim. Dije al comienzo que obediencia no era la mejor forma de traducir esa palabra. En una nota de El sentido práctico, Pierre Bourdieu interpreta el concepto en un sentido más amplio, en tanto vínculo del individuo con el grupo establecido por formas de intercambio simbólico, y por un régimen de signos que manifiesta una pertenencia más que una obediencia: “El término obsequium que utiliza Spinoza para designar esta ‘voluntad constante’ producida por el condicionamiento, a través del cual ‘el Estado nos moldea para su uso y que le permite conservarse’ (A. Matheron, Individu et communauté chez Spinoza, Paris, Minuit, 1969, p. 349), podría reservarse para designar los públicos testimonios de reconocimiento que todo grupo exige de sus miembros…, es decir, los tributos simbólicos esperados de los individuos en los intercambios que se establecen en todo grupo entre los individuos y el grupo: porque, al igual que en el don, el intercambio es su fin en sí mismo, el homenaje que el grupo reclama se reduce generalmente a naderías, es decir a ritos simbólicos (ritos de pasaje, ceremoniales de cortesía, etc.), a formalidades y formalismos cuyo cumplimiento ‘no cuesta nada’ y que parecen tan ‘naturalmente’ exigibles… que la abstención tiene valor de desafío” .

Ahora bien, ¿que és el facismo y por qué está tan cerca del neoliberalismo, por qué puede ser una deriva del neoliberalismo? Es el obsequium por la frustración y el resentimiento, es decir, una forma de intercambio basada en la frustración, el resentimiento, el odio y la búsqueda de chivos expiatorios de esa situación: el populismo, la dirigencia política, los gremios, las mujeres, los “inferiores”—somos moralmente superiores dice Milei—cuando en realidad, esa libertad que los libertarios reclaman para sí es ontológicamente imposible.

Así concluye Spinoza: Yo aprobaría, sin reparo alguno, esta forma de hablar, si la libertad humana consistiera en dar rienda suelta a los deseos, y la esclavitud, en el dominio de la razón. Pero, como la libertad humana es tanto mayor cuanto más capaz es el hombre de guiarse por la razón y de moderar sus deseos, sólo con gran imprecisión podemos calificar de obediencia (obsequium) a la vida racional y de pecado, lo que es, en realidad, impotencia del alma…” (TP, II, § 20, pp., 95-96; G., III, p. 283).

Como el deseo es causado—siempre por causas exteriores e ignoradas—la libertad no es dar rienda suelta a los deseos sino, en la filosofía de Spinoza, por cierto, es más bien la cautela que la razón opone ante la supuesta espontaneidad de los deseos, es la moderación. Moderación y regulación que en la vida política corresponden al derecho y al Estado para Spinoza. Por eso dice Spinoza que el hombre libre es más libre en el Estado.