Por Guillermo Ricca. Dr. en Filosofía.
El jefe de gobierno porteño, precandidato a presidente por JxC acaba de anunciar una política de shock consistente en mil medidas preparadas de antemano y lanzadas en el primer día de gobierno. Si se pone en perspectiva la gestión del mismo Larreta y las políticas económicas neoliberales de JxC cuando fue gobierno, se deduce claramente que los beneficiarios de esas medidas no serán ni los sectores más vulnerados por el ajuste, ni los trabajadores, ni la angosta clase media. Nadie puede darse por traicionado si decide votar esa propuesta: Larreta avisó y el que avisa no traiciona.
Es cierto que, como todo candidato, Larreta no dice con precisión en qué consistirán esas medidas. De todos modos, atentos a las declaraciones habituales de los dirigentes de JxC, sabemos que no se trata de gente entusiasta a la hora de crear nuevas universidades, ampliar la base de la seguridad social, promover la justicia social o una mayor igualdad basada en la institución de nuevos derechos. Larreta nos está diciendo que gobernará para los intereses que representa: corporaciones económicas y financieras, agropecuarias, grandes complejos informacionales—elijo no llamarle “medios de comunicación”—y nada más. Podemos suponer sin temor a equivocarnos que no habrá entre esas mil medidas del primer día, ninguna destinada a mejorar la educación pública, la salud pública o los derechos de las infancias. Podríamos suponer que tal vez se haga eco del troglodismo de derecha que pide cerrar el ministerio de la mujer. Tal vez.
La pregunta es ¿por qué alguien que anuncia esas políticas puede ganar una elección? Porque los imaginarios y los deseos de cada une de nosotres son construidos al interior de dispositivos tan efectivos que tienen la capacidad de borrar sus marcas y dejarnos creer que no hay nada más propio que nuestros apetitos, nuestras pasiones y nuestros afectos. Así como nadie en realidad elije racionalmente los colores de su pasión futbolera, sino que le vienen heredados con mayor o menor imposición inicial—los colores son la infancia–¿por qué debería ser diferente con otras pasiones, como las pasiones políticas? No es diferente, de hecho, es bastante semejante a lo que allí sucede, sólo que los dispositivos que causan la identificación política no son tan próximos como los vínculos familiares, aunque no son menos íntimos. Si a una persona se le pregunta si estaría de acuerdo con políticas destinadas a crear mayor igualdad social a partir de la educación universitaria, difícilmente no estaría de acuerdo. La pregunta puede ser formulada de otro modo: ¿Ud. quiere que su hija/o/e vaya a la universidad? Es probable que una amplia mayoría responda de manera afirmativa a esa pregunta.
Ahora bien, hay un ejército de informadores, opinadores—no los llamaré periodistas—que trabajan para desacreditar una política de creación de nuevas universidades públicas; no solo trabajan para desacreditar esas políticas, sino que lo hacen bien: se encargan de contagiar su aversión y su asco a cualquier cosa que se parezca a lo popular. Esa misma mayoría que quiere que sus hijes vayan a la universidad es interceptada por una pasión construida con mucha eficacia en dispositivos de la industria de la información que, en realidad, oculta sus intereses; esa industria trabaja para intereses que no son los de las mayorías que quieren que sus hijes vayan a la universidad, que las escuelas no se caigan a pedazos o que el hospital funcione.
Ahora bien, el problema no es, en definitiva, que esas pasiones recluten adeptos incautos, sino que, aquellos que deberían advertir sobre estos mecanismos—dirigentes de todo tipo: políticos, sociales, educadores, profesionales formados en la universidad pública que acumulan su capital y su riqueza gracias a la universidad pública, etc.—no digan nada al respecto, se mantengan al margen de la discusión como si fueran neutrales y la circulación del odio fuera un asunto de quienes están “en la grieta”, expresión banal que supone que alguien puede ser Suiza en Argentina o que puede permanecer neutral en un conflicto que afecta de manera cotidiana a las mayorías y por eso, afecta a la misma democracia.
Quizás el problema más grave que atraviesan nuestras democracias de cuatro décadas es el reclutamiento de las dirigencias al servicio de intereses oscuros y ocultos que supone que se puede ser dirigente eludiendo tomar partido en los conflictos neurales que atraviesan la vida cotidiana de casi todes. Cuando las dirigencias, en el sentido amplio e inclusivo que mencioné más arriba, se neutralizan a sí mismas de este modo, por las razones que sean, aquello que se neutraliza es la misma democracia. Es allí donde radica el mayor logro del neoliberalismo como régimen político y la mayor amenaza para la vida de las mayorías.