Por Guillermo Ricca. Dr. en Filosofía
En Argentina se puede ser liberal y, a la vez, partidario de una tiranía. No está de más recordar que el Estado argentino tiene su origen en un genocidio: el segundo genocidio indígena perpetrado por Julio A. Roca en nombre de la fundación de la Argentina moderna. Pero, incluso, hay que decir que liberalismo y democracia nunca fueron de la mano. En la época clásica, el régimen republicano no concedía derecho de ciudadanía ni a los agricultores ni a los artesanos, ni a las mujeres y, obvio, tampoco a los esclavos. Democracia, en la antigua Grecia, era el régimen de gobierno del demos, el partido de los pobres, enfrentado a los oligoi, es decir, a los partidarios del régimen de los ricos. Democracia no era, entonces, la libertad de opinión y de expresión, tampoco las libertades individuales sino el gobierno de los que no teniendo nada podían, por eso misma razón, representar al todo. Dicho de otro modo: no tenían privilegios que defender y por eso podían ser la parte en nombre del todo.
Los derechos democráticos le fueron arrancados al liberalismo por la lucha social, hasta provocar su crisis, a comienzos de la década del 20 del siglo pasado que, se extenderá a lo largo del siglo XX. Tanto el voto de los trabajadores, el mal llamado voto universal, el voto femenino, los derechos de los trabajadores y trabajadoras, los derechos de las minorías y de las disidencias fueron declarados con la resistencia de los regímenes liberales.
En Argentina las ideas liberales se cocinaron en el caldo del neocolonialismo y han tenido siempre un denominador común: el odio de las mayorías. Los liberales en Argentina conformaron élites oligárquicas que siempre enarbolaron la bandera de los exterminios: desde los indios y la matanza de obreros y judíos en la semana trágica, de militantes anarquistas en la Patagonia, los fusilamientos de militantes peronistas en José León Suárez, en 1955, el bombardeo a Plaza de mayo del 16 de junio de 1955 con cientos de víctimas civiles, entre ellas, niños, el atentado terrorista en una boca del subte, perpetrado por Roque Carranza, en esa época un joven militante de la UCR, luego ministro de Alfonsín, que detonó un artefacto explosivo que mató a tres trabajadores durante un acto peronista en Plaza de mayo, la proscripción y persecución de esa identidad política durante décadas, hasta los desaparecidos de la última dictadura que, en su mayoría, militaban en organizaciones del peronismo. No son 30000. Son miles más, como bien señala Daniel Feierstein, quien más ha investigado el genocidio de la última dictadura en nuestro país.
A esa saga de deseo de exterminio y de concreción horrorosa de ese deseo, hay que añadir al actual jefe de gobierno porteño que, en su campaña presidencial promete el exterminio del kirchnerismo. No debería pasar desapercibida esta amenaza del precandidato de Juntos por el cambio. Lo ubica de lleno en la saga anti democrática que aquí trazamos de manera muy lineal, por razones de espacio. Si, como dijo un asesor de esa fuerza política, Jujuy es el trailer de Argentina 2024, queda claro que el neoliberalismo en tanto sinrazón del negocio, de la venta de órganos y del aire, si fuera necesario, no cierra con democracia. La agenda de JxC, en tanto cobija un deseo de exterminio que ya hemos padecido y seguimos padeciendo como sociedad, debería alertar acerca del retorno de la dictadura no por las botas, sino por los votos, con la que sueña una buena parte de la oposición política.