Por Guillermo Ricca. Dr. en Filosofía
Es un buen nombre—el nombre de la murga uruguaya. Siempre falta algo—somos seres de la falta, pero también por eso siempre hay un resto, algo que resta, que no suma o, mejor: que no puede ser sumado. Si pensamos en las consecuencias que esto tiene para un frente político se podría decir que el debate allí es una condición necesaria para que el frente exista, porque está constituido por seres de la falta: somos seres hablantes; nadie se dice completamente, nadie dice todo lo que quiere decir, dice lo que puede como puede. Eso significa ser hablante: nos decimos en la finitud de nuestro decir, como podemos, con los recursos de lenguaje que tenemos, atravesados también por lo que imaginamos y deseamos, por nuestra biografía sabida o no, inconsciente, por los otres que hablan en nosotres, lo sepamos o no.
Hay en torno a esto un equívoco instalado a partir de una identificación falsa entre democracia y pluralidad de opiniones. Es cierto que todos tienen derecho a opinar. Pero una opinión es nada más que eso y no todas son igualmente válidas. Por ejemplo: acá hubo sentencias judiciales en megacausas por violaciones a los derechos humanos en la última dictadura en las que se define lo sucedido como Genocidio. Eso no es una opinión: es una definición con fuerza vinculante para toda la sociedad acerca de algo que aconteció y que, según esa sentencia, nos afectó y aún nos afecta a todes. Por lo tanto, quien opina que no existió tal cosa, tiene derecho a esa opinión, pero también debe hacerse cargo de las consecuencias: negar el genocidio, una vez que se han pronunciado sentencias al respecto, además de una opinión, es un acto delictivo.
En términos filosóficos esto equivale a decir que el debate no es infinito, que no todas las posiciones pueden participar del debate; hay quienes que están restados del debate, fuera el que fuere. Cuando Juntos por el Cambio se reúne a debatir sus planes políticos no convoca a Luis D’elia o a Leopoldo Moreau a debatir. Para debatir hay que aceptar un mínimo de común, una visión del mundo mínimamente compartida sobre la cual después habrá matices e incluso discusiones acerca de lo que esa visión de mundo implica si la llevamos hasta sus últimas consecuencias. Habrá agonismos. Pero aquellos que no comparten esa visión de las cosas en lo más mínimo, no pueden dar su palabra en ese debate porque de entrada sabemos que mienten; es decir: falta la condición mínima que es la rectitud que supongo en cualquier debate: que el otro cree en lo que dice, que comparta de mínima, una visión…que se yo, de la democracia, de un país que no sea para 10 mil tipos. Tampoco hace falta explicar tanto esto.
Por lo tanto, así como hay una falta que nos constituye como seres hablantes, hay un resto que impide que la conversación sea con todes: que sea infinita. En palabras de la filosofía política: hay antagonismos, hay antagonistas, hay quienes sostienen una visión del mundo o del país con la cual no hay modo de establecer consensos. Es decir, con quienes no hay agonismo posible. Y esto es estructural, no depende de mi voluntad que eso sea diferente. No depende de que yo sea bueno y quiera dialogar con todos. Si no antagonizo con quienes antagonizan absolutamente con mis argumentos voy a terminar trasladando el antagonismo a donde no debo trasladarlo y es con quienes debo debatir—agonísticamente–y tratar de lograr acuerdos que hagan posible la vida no sólo de un frente político, sino, cuando ese frente político es gobierno, hagan posible la vida de las mayorías a quienes se representa en el gobierno desde las decisiones que se toman.
Es ciertamente preocupante y hasta cierto punto ridículo que quienes gobiernan no sepan o no quieran saber de esto. Ayer escuché al presidente decir que la redistribución del crecimiento económico—el ministro Kulfas dice que llevamos 22 meses de crecimiento económico—la tienen que hacer los empresarios—Eso es como esperar que el lobo sea realmente la abuela de caperucita y no el lobo.
Pero esto que digo no implica necesariamente un juicio moral sobre los empresarios: está en la esencia misma del ser empresario desear incrementar sus beneficios; no es tarea de los empresarios redistribuirlos: esa es tarea de la política de gobierno, de quien ocupa los poderes del Estado. En esta concepción también hay algo que resta, que es resto, que cae como resto: es precisamente lo que la mentalidad empresaria está imposibilitada de pensar y por eso, además de empresas y de corporaciones de empresas si queremos tener una democracia que honre lo que ese nombre le adeuda a nuestra sociedad, necesitamos también que haya política, que haya frentes donde hay debate político.
Pero, es verdad que el debate allí debe ser institucionalizado y que quienes forman parte desde las bases hasta lo máximos dirigentes tienen que poder debatir ideas, estrategias, tácticas y rumbos. Por supuesto que no estoy postulando un asambleísmo permanente, sino instancias en las que dirigentes y bases se vean las caras y no sólo en actos de campaña. Si esto no sucede, si los partidos políticos, si sus frentes y coaliciones no construyen los espacios de debate necesario, después vemos como ese pseudo debate, absolutamente berreta, se da en los medios con la lógica de un show de chimentos.
Por último: siempre hay la falta y siempre hay un resto. Pero no tiene sentido alguno preservarse como resto. Como bien supo decir Hannah Arendt, ser conservacionista en la cultura y en la educación es necesario, en la política no: quien se reserva como resto se conserva ¿Para qué?