Por Gustavo Román. Director de Periódico La Ribera
El humorista Alfredo Casero ocupa por estas horas, un espacio mediático desproporcionado e insólito, en virtud de sus reacciones violentas en contra de un panel de comunicadores con claros vicios de operadores mediáticos, que pululan en medios de comunicación con clara pertenencia a un espacio político concreto.
Casero también se identifica con ese esquema de poder político y mediático. Y se ha destacado por sus apariciones en esas pantallas, con base humorística violenta y agraviante, desproporcionadas y ridículas, emulando su paso por la actuación que nos provocaba muchas carcajadas. Sucede que ahora, esas humoradas no provocan más que preocupación y rechazo.
Sentarse en un panel para intentar un debate con Luis Majul es una consideración que excede cualquier análisis periodístico. Él dejó hace mucho tiempo su intención de hacer periodismo (incluso con escaso éxito siempre, aunque con muchos beneficios financieros, lo que es innegable). Compartir un espacio televisivo de baja calidad intelectual y siempre predispuesta a la operación mediática, es cuanto menos, una pretensión demasiado ambiciosa incluso para Casero.
Lo insólito de la reacción del actor, está en el contenido de sus expresiones que desubicaron al panel de los voceros del descaro comunicacional del medio al que pertenecen. Los acuso de ser cómplices y de enriquecerse impunemente de espaldas a la verdad de lo que sucede en sus narices. Y fue claro cuando además, los calificó de cobardes y mentirosos.
La reacción del humorista, entre tantos episodios desagradables que protagonizó en los últimos tiempos, le dio de lleno en la cara a los militantes de un periodismo berreta, donde con cara de importantes y actitud de arrogantes, protagonizan un relato perverso y sesgado de una realidad que dista mucho de sus relatos mediáticos.
Lo interesante del episodio, es que ninguno negó las acusaciones que les esputo en la cara el actor. Solo guardaron un silencio vergonzante. Típico de quienes no tienen argumentos para defender ningún concepto esgrimido con tanta claridad en su contra. Y para cerrar el cuadro, actuaron con ínfulas de superioridad sin fundamentos intelectuales. Posaron para la tribuna para zafar, pero el golpe lo acusaron sin duda alguna.
¿Y que nos queda en el marco del cuadro ridículo de un humorista haciendo de analista?, solo la anécdota de un periodismo berreta que busca generar golpes de efecto baratos y de medio pelo a la hora de los fundamentos. Si entre Casero y el Dipy se mueve el tablero del humor social, está claro que esa prensa ignora con absoluta certeza lo que atraviesa a una sociedad que ya no los tolera ni los consume.
Han abandonado las buenas formas, las fuentes y las ganas de comunicar de verdad. Entre la mentira y el entretenimiento, transitan sus horas grises de comunicadores sin sustento y abrazados a una causa política que los contiene ideológica y financieramente. No cuidan ni las formas ni los modos. Militan tracción a mentiras, operaciones mediáticas y billeteras generosas. Dan tanta vergüenza que hasta el humorista gorila los acusa, lo que es un contexto anecdótico muy gráfico y elocuente.
Pero también debemos ser honestos y señalar que ese periodismo militante, uno lo encuentra en otros medios afines al gobierno de turno. Quizá con un poco mas de buen tino, con limites éticos y algo de decoro aún, pero con los mismos panoramas militantes.
Hace mucho tiempo que el periodismo sufre una crisis de ejercicio honesto, profesional y profundo. Muy pocos comunicadores abrazan el viejo apotegma de cuidar el prestigio, la forma de ejercer la labor y la emoción de contar con amor a la verdad.
El efecto Casero es una síntesis de ello.