Por Rosa Cattana. Militante de «arrugas más, arrugas menos»
Ex decana de la Facultad de Ciencias Exactas. UNRC

No me gusta el fútbol, no entiendo mucho.
Los mundiales de fútbol me generan un cierto fastidio y malestar que me resulta difícil poner en palabras. Una mezcla de sentimientos y de ideas generados por diferentes situaciones.

Ya sé que soy bastante perro verde y que me van a decir que no tengo derecho a opacar la alegría y las expectativas de la mayoría de los argentinos.
Por supuesto que miraré los partidos en los que juegue Argentina y compartiré con los compatriotas las ansiedades, las alegrías, las broncas y todos los sentimientos que los mundiales generan.

Pero haciendo uso de mi derecho a la libre expresión, permítanme una nota un tanto mala onda.

Cuando se acercan los mundiales de futbol, no puedo dejar de pensar en el mundial del 78.
Mundial en el que Argentina alzó el trofeo, pero el triunfo pasó a la historia con una serie de cuestionamientos y denuncias contra la dictadura cívico-militar

En esa época, era estudiante universitaria y no era consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Ignoraba que en ese mismo momento miles de personas desaparecían o eran asesinadas en lugares públicos en enfrentamientos inventados, otros miles debían exiliarse para salvar sus vidas, se robaban niños nacidos en cautiverio y tantas atrocidades más.

Mundial en el que fui una más que festejó con fervor y pasión. Tengo grabado en mi memoria el festejo en Plaza Roca, al que fuimos con dos compañeros de la Facultad a la salida de una clase de Física II, festejé con banderas y cantos el triunfo de Argentina. Las denuncias de la comunidad internacional no fueron suficiente para que se visibilizara la situación por la que atravesábamos en Argentina.

Desde que fui consciente de que los mismos genocidas que desaparecían a compañeros nos distraían y agitaban para que festejáramos, los mundiales de futbol me producen tristeza y absoluta empatía con quienes se jugaron la vida en ese momento, mientras los demás festejábamos la copa del mundo. Cada cuatro años, frente a cada competencia mundial de fútbol, el recuerdo de los 30.000 está más presente que nunca.

Estamos a pocos días de que comience en Qatar la XXII edición de la Copa Mundial de Fútbol masculino organizada por la FIFA.

Qatar es un país sobre el que poco conocíamos, aunque ahora lentamente se comienza a hablar de él y de las violaciones a los derechos humanos que se cometen en ese país árabe en el este de la península arábiga.

Ojalá que no suceda como en el 78 en Argentina, ojalá seamos capaces de ver lo que sucede por fuera de los estadios de futbol y que los organismos internacionales que tienen competencia sobre distintos aspectos económicos, sociales y de derechos humanos en el país del golfo, actúen en consecuencia. Distintos organismos de derechos humanos, denunciaron que con el Mundial, el país quiere difundir la imagen de modernidad de un estado que limita los derechos de mujeres, homosexuales e inmigrantes

En Qatar el código penal castiga las relaciones homosexuales entre hombres con hasta siete años de prisión.

Un sistema de explotación laboral que ha dejado más de 6.500 trabajadores fallecidos en las obras del Mundial por las largas jornadas laborales bajo temperaturas extremas. Y como en esta columna escribo siempre sobre temas de mujeres desde una perspectiva feminista, me explayaré un poco más sobre la situación de las mujeres cataríes.

Las mujeres en Catar, como en otro países del Golfo donde el islam es la religión oficial, se enfrentan a numerosas discriminaciones asentadas tanto en la ley como en la práctica, según Amnistía Internacional.

Nota: Ilustro la nota con una fotografía de mi autoría tomada en las calles del Cairo en noviembre de 2019, con la seguridad que la situación de las mujeres cataríes y egipcias muy similares.

A pesar de la lucha de los movimientos feministas y los cambios de los últimos tiempos, en Qatar las mujeres continúan padeciendo desigualdad ante la ley. Al respecto, desde Amnistía Internacional denunciaron el sistema de tutela masculina. Este contempla que las mujeres nopueden tomar sus propias decisiones, sino que a través de un tutor varón, habitualmente supadre, hermano, o tío. En el caso de estar casadas su esposo.

En la misma línea, un informe de Human Rights Watch (HRW) también critica el sistema discriminatorio de tutela masculina que se aplica en esta nación. HRW detalló que las mujeres en Qatar deben conseguir el permiso de sus tutores masculinos para casarse, estudiar, acceder a empleos gubernamentales, viajar al extranjero y recibir atención en salud reproductiva.
Este sistema también niega a las mujeres la posibilidad de desempeñarse como tutoras principales de sus hijes, aunque estén divorciadas y tengan la custodia legal.

En marzo, el gobierno rechazó las conclusiones del informe de HRW sobre la discriminación contra las mujeres en el país y prometió enjuiciar a cualquier persona que hubiera infringido la ley. Sin embargo, Amnistía Internacional denunció que no realizaron ninguna investigación. A la falta de protección de las mujeres se le suma la imposibilidad de visibilizar los hechos. Meses atrás el gobierno impulsó una nueva ley contra la libertad de expresión. Bajo este marco, si consideran que una información es “tendenciosa” el castigo puede ser de cinco años de cárcel y una multa de hasta 25.000 dólares.

Ojalá que podamos ver estas realidades y sensibilizarnos frente a ellas, que no nos quede la sensación de que al mundo del fútbol no le importa el mundo y solo le importa el fútbol. Que, total, esas situaciones les incumben a las mujeres, los maricas y los pobres.

Que la vida siempre queda fuera de juego porque lo único que importa es jugar y ganar.
Ojalá el orgullo patrio no nos enceguezca.
De qué sirve alzar una copa representando a un país.
Gritar ¡Argentina, Argentina!
Si aquellas personas que habitan los países no nos interesan.
Estamos cerca de cumplir cuarenta años que Argentina dijo “nunca más” ya podríamos internacionalizarlo.